105 castigos divertidos para parejas: ideas para quien pierda la partida
105 castigos divertidos para hacer en pareja, del más absurdo al más sensual, en cuatro niveles. Con un sorteo y las reglas que fijar antes de empezar.

Es martes, son las diez y media de la noche y el lavavajillas ya está puesto. Cada uno ocupa su esquina del sofá con el móvil en la mano, y lleváis un buen rato sin deciros nada. No habéis discutido, no pasa nada grave, y ese es justamente el problema: una pareja rara vez se desgasta por los grandes temas. Se desgasta en noches como esta, una detrás de otra, hasta que ninguno de los dos sabría decir cuándo dejasteis de sorprenderos.
El castigo es el remedio más tonto que existe contra eso, y seguramente el más eficaz. No hablamos del castigo picante, que ya tiene su propia lista de castigos picantes para parejas, sino del castigo divertido: el que os pone a cantar con la boca llena de agua o a llevar bigotes de gato durante una hora. Hacer el ridículo delante del otro baja las defensas más deprisa que cualquier conversación sobre la relación.
Aquí tenéis 105 castigos divertidos para parejas, ordenados en cuatro niveles, del absurdo puro a lo sensual. Encontraréis también las reglas que conviene fijar antes de empezar y la manera de elegir el nivel adecuado según la noche que tengáis por delante.
Las 105 cartas del artículo, sacadas al azar. Elegid una familia y guardad de paso las que os gusten para haceros una baraja. No se guarda ni se envía nada.
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Por qué un castigo ridículo vale más que una conversación sobre la pareja
El juego entre adultos pasa por una regresión sin consecuencias. La investigación dice exactamente lo contrario: es una competencia, se puede medir, y predice la solidez de una pareja mejor que la mayoría de las variables a las que solemos dar más importancia.
El investigador René Proyer ha dividido esa disposición al juego en cuatro facetas, y cada una repara algo concreto.
Jugar para el otro. Usar el humor para relajar el ambiente y desactivar una tensión. Es el mejor predictor conocido de una disminución del apego evitativo: un intercambio que iba a ponerse tenso se convierte en un momento de complicidad.
Jugar sin plan. Tomarse la noche como un terreno de pruebas y no como un programa. Las parejas que aceptan que el desenlace de una noche dependa de un sorteo llevan mejor la incertidumbre en general.
Jugar con las ideas. Los duelos verbales, los juegos de palabras, los desafíos que obligan a pensar deprisa. Es lo que mantiene viva la admiración intelectual, esa que se apaga cuando uno cree que ya se lo sabe todo del otro.
Jugar con lo absurdo. Aceptar imitar a un pingüino delante de la persona con la que se comparte la casa. Es la mejor prueba de seguridad psicológica que existe: uno solo hace el ridículo delante de alguien de quien está seguro de que no lo usará en su contra.
Queda la cuestión de la dosis, y para eso existe una cifra. John Gottman y Robert Levenson establecieron que una pareja estable produce al menos cinco interacciones positivas por cada interacción negativa, también durante una discusión. Por debajo de esa proporción, la relación se empobrece. Un castigo que sale bien es un ingreso en esa cuenta: risa, cariño y admiración, exactamente las tres cosas que neutralizan el desprecio.
El mismo laboratorio midió otra cosa, todavía más reveladora. Nos pasamos el día tendiéndole la mano al otro con pequeños gestos: un comentario, una caricia al pasar, una propuesta de juego. Las parejas que duran responden a esos gestos en el 86 % de los casos. Las que se separan, en el 33 %. Aceptar cumplir un castigo una noche de cansancio es responder a uno de ellos. Lo que cuenta no es el castigo, es la respuesta.
Palabra de seguridad y comodines: lo que se fija antes del primer castigo
Bastan dos minutos de conversación, y son los que deciden todo lo demás.
La palabra de seguridad. Elegid juntos una palabra que no pinte nada en un salón, como «piña», «radiador» o «safari», y que lo pare todo en cuanto uno de los dos la pronuncie. Nunca «no» ni «para», que forman parte del juego y se confunden con él.
Tres comodines cada uno. Antes de empezar, cada uno recibe tres negativas gratis, que puede usar sin justificarse y sin castigo de sustitución. Un castigo sacado al azar no es una deuda: si lo que despierta es vergüenza de la mala o angustia, y no ese apuro que da risa, queda anulado, por merecido que sea.
Esta precaución tiene un nombre, y una teoría detrás. Betty Martin mostró que toda interacción se lee en dos ejes: quién actúa, y para quién. De un lado están quien da, siguiendo los deseos del otro y no los suyos, y quien recibe, que a menudo es la parte más difícil. Del otro están quien toma, que actúa por su propio placer, y quien permite, que concede ese derecho con conocimiento de causa.
Un castigo funciona cuando cada uno sabe en cuál de las cuatro casillas está. Se tuerce cuando las casillas se mezclan: dar se convierte en un sacrificio que se cobrará más adelante, y tomar se convierte en servirse. Mientras las reglas estén dichas en voz alta, estáis jugando; en cuanto se dan por sobreentendidas, uno de los dos está aguantando.
Tres maneras de empezar a jugar sin darle vueltas
El tarro. Copiad en papelitos los castigos que os apetezcan, los dos juntos, una noche en la que no tengáis nada previsto. Marcadlos con un color según el nivel y dobladlos dentro de un tarro colocado bien a la vista. El sorteo que tenéis al principio de esta página hace el mismo trabajo sin tarro.
La apuesta de las tareas. El primero que deje una tarea de casa para más tarde por tercera vez saca un castigo. Es la única manera conocida de que la procrastinación doméstica tenga gracia.
El injerto en un juego que ya tenéis. El ajedrez, el parchís, el Mario Kart, una mano de chinchón, un piedra, papel o tijera al mejor de tres, o una partida de «¿qué prefieres?» para parejas en la que hay que adivinar la respuesta del otro: sirve cualquier cosa que señale a un perdedor. El juego solo decide quién cumple, y el castigo hace todo lo demás.
Castigos absurdos, para bajar las defensas
El nivel en el que solo se busca la risa, y donde están los castigos más graciosos de la lista. No piden ningún material ni ninguna intimidad previa, y funcionan igual de bien un domingo por la tarde que a medianoche. Su único objetivo es veros a los dos haciendo el ridículo en la misma habitación, que sigue siendo la manera más rápida de desarmar a un ego cansado.
- La estatua. Tu pareja elige una pose, el pensador de Rodin o el flamenco sobre una sola pata, y tú la aguantas dos minutos. Puede hacer lo que quiera para sacarte de ella, menos tocarte.
- El concierto de gárgaras. Con la boca llena de agua, canta el estribillo de su canción favorita. Ni escupir ni tragar.
- El desfile del revés. Ponte tres prendas del revés, con las costuras por fuera, y cruza el salón como si desfilaras en la pasarela Cibeles mientras tu pareja comenta el desfile.
- El baile de los tres animales. Sesenta segundos de coreografía que mezcle el gorila, el pingüino y el mosquito, con la música más épica que encuentre tu pareja.
- La vida de un mosquito. Representa con mímica la vida entera de un mosquito, desde que nace hasta que muere aplastado por una revista. Sin una sola palabra.
- El solo imaginario. Un minuto de guitarra invisible con el tema de heavy que elija tu pareja, y con toda la seriedad del mundo.
- La declaración a la zapatilla. Dos minutos de declaración de amor apasionada, dirigida a una zapatilla de andar por casa, una escoba o una tostadora. El tono de culebrón es obligatorio.
- La cata a ciegas. Con los ojos vendados, prueba la mezcla que te ha preparado tu pareja, kétchup con miel por ejemplo, y describe sus matices como en una cata de Rioja, sin reírte.
- El ladrido de bienvenida. La próxima vez que suene el timbre, ladras una vez antes de abrir, y después recuperas el tono más educado que tengas.
- Calcetines en las manos. Un calcetín gordo en cada mano durante treinta minutos, y un café con leche que preparar a pesar de todo.
- El tiempo en casa. Presenta la previsión del tiempo del salón y del cuarto de baño, como al final del telediario, con la voz de quien anuncia el fin del mundo.
- El abecedario en sentadillas. Recita el abecedario al revés, eñe incluida, mientras haces sentadillas. Al menor fallo, vuelves a empezar por la zeta.
- El fondo de pantalla catastrófico. Hazte el peor selfi posible, papada incluida, y se queda de fondo de pantalla en el móvil de tu pareja durante veinticuatro horas.
- Tres palabras que colar. Llama a alguien cercano y cuela «ornitorrinco», «xilófono» y «retroexcavadora» en la conversación sin que note nada raro.
- El cepillado con vinagre. Treinta segundos cepillándote los dientes con una gota de vinagre blanco o de zumo de limón puro en el cepillo.
- Sin manos. Cómete lo que tengas en el plato, sea un trozo de tortilla, una galleta o unos espaguetis, sin manos y sin cubiertos.
- El acento impuesto. Tu pareja elige un acento, del gallego cerrado al italiano de película, y tú lo mantienes durante el próximo cuarto de hora, pase lo que pase.
- Maquillaje a ciegas. Tu pareja tiene dos minutos, con los ojos vendados, para ponerte pintalabios y colorete. Te quedas con el resultado.
- El T-Rex doméstico. Dobla cinco prendas con los codos pegados al cuerpo. Solo pueden moverse los antebrazos.
- El baile sin música. Dos minutos de baile desenfrenado en mitad del salón, en completo silencio, mientras tu pareja mira.
- El rap de la compra. Improvisa ocho versos de rap sobre tu última visita al súper, gestos incluidos.
- El insulto cariñoso. Di lo más tierno que se te ocurra, «eres una nubecita», con el tono y los gestos de una bronca monumental.
- El pingüino migratorio. Con un cojín sujeto entre las rodillas, recorre todas las habitaciones de la casa sin que se te caiga.
- Los bigotes de gato. Tu pareja te dibuja una nariz de gato y unos bigotes con un lápiz lavable. Los llevas puestos una hora.
- La traducción literal. Elige una canción en inglés que todo el mundo conozca y canta su traducción palabra por palabra, sin sonreír.
- La peonza. Da diez vueltas en el sitio, y después camina en línea recta hacia tu pareja para chocarle la mano. No puede moverse.
- El inventario de la nevera. Abre la nevera y canta su contenido exacto con aire de ópera trágica.
- La teletienda. Dos minutos para convencer a tu pareja de que compre un objeto de lo más corriente, una grapadora por ejemplo, a precio de oro. Puede regatear.
- La postura inventada. Invéntate una postura de yoga retorcida, ponle un nombre serio, «el gato que duda», y haz que tu pareja la repita.
- Los cinco emojis. Tu pareja saca cinco emojis al azar de su móvil. Tú imitas cada cara durante diez segundos.
Castigos de servicio, para aligerarle el día al otro
El nivel más infravalorado de la lista. Las tareas que no se reparten son la primera fuente de rencor silencioso en una pareja, y un castigo que le quita una de encima al otro vale por tres noches románticas. Son también los únicos castigos que se pueden reclamar sin apuro una noche de mucho cansancio.
- El mayordomo. Durante el resto de la noche tratas de usted a tu pareja, la llamas señora o señor, y respondes a todo con un exceso de reverencias.
- El madrugón de los churros. El domingo te levantas cuarenta y cinco minutos antes que tu pareja, y cuando aparece la mesa ya está puesta, con los churros todavía calientes.
- La amnistía de los platos. Tu pareja recibe inmunidad: ni una sola tarea de cocina ni un plato que fregar durante cinco días.
- La gran comida. Una comida hecha únicamente con sus platos favoritos: la eliges, haces la compra, la cocinas, la sirves y lo dejas todo limpio. Tu pareja no pisa la cocina.
- La dictadura del mando. Durante cuarenta y ocho horas, tu pareja decide todo lo que se ve en la pantalla y la música que suena en el coche. No se admite ninguna queja.
- El chófer. Conduces tú en todos sus desplazamientos del fin de semana, y le abres la puerta del coche cada vez.
- El comodín de tareas. Escribe en un papel un vale por «una tarea anulada». Tu pareja podrá sacarlo cuando quiera a lo largo del mes, sin avisar.
- El baño preparado. Llenas la bañera, enciendes las velas, calientas la toalla y mantienes al resto del mundo a distancia mientras dure.
- La cita misteriosa. Te encargas de la próxima salida de principio a fin: reserva, trayecto y horario. Tu pareja solo tiene que vestirse.
- El coche lavado. Su coche pasa por el aspirador y por el lavado, sin que te lo haya pedido y sin que tú lo anuncies.
- El día del sí. Durante doce horas dices que sí a todo lo que proponga tu pareja. La palabra de seguridad sigue estando por encima; todo lo demás, adelante.
- El guardián del silencio. Dos horas en las que te ocupas de los niños, de los animales, del móvil y de la puerta. Tu pareja no oye nada.
- La ropa preparada. Eliges, planchas y dejas colocada toda la ropa que se pondrá mañana para ir a trabajar.
- El vaso nunca vacío. Durante todo el fin de semana, los cafés, las infusiones y las copas los sirves tú. Su vaso no llega a vaciarse nunca.
- La cuenta. El próximo restaurante lo pagas tú, entero, y no dices ni una palabra sobre lo que pida.
- La tarea odiada. Descubre la tarea que más odia, sea el arenero del gato, el horno o la basura, y hazte cargo de ella durante un mes.
- Tarde de tiendas. Tres horas de tiendas llevando las bolsas y dando opiniones útiles, sin un solo suspiro ni una mirada al reloj.
- El café en la cama. Durante toda la semana, el café o el té llega a la cama antes de que tu pareja haya puesto un pie en el suelo.
- El arreglo pendiente. Eso que lleva meses esperando y que tanto le molesta, la bombilla, la bisagra o la junta, queda resuelto en veinticuatro horas.
- El armario como nuevo. Vacía, limpia y ordena un rincón abarrotado, respetando su lógica de orden y no la tuya.
- La tarde en la cueva. Cuatro horas en las que tu pareja tiene derecho a encerrarse en una habitación para leer, jugar o dormir. Tú no llamas a la puerta.
- Borrón y cuenta nueva. Anula una deuda, una apuesta sin pagar o un reproche que sacas demasiado a menudo. Para siempre, y sin volver sobre ello.
- Copiloto de lujo. En el próximo viaje en coche te encargas del GPS, las paradas, los peajes y los bocadillos. A tu pareja solo le queda conducir, o dormir.
- El papeleo atrasado. Encárgate tú de la llamada pesada o del trámite complicado que lleva días aplazando: el seguro, la compañía de la luz, la cita previa.
- El táper del mediodía. Prepárale la comida para llevar al trabajo, con un capricho que no se espera y una nota debajo.
Castigos románticos, para reencontraros en la misma habitación
El nivel que pide más valor, y con diferencia. Es más fácil imitar a un pingüino que mirar a alguien a los ojos durante dos minutos sin decir nada. Estos castigos trabajan lo que sabéis el uno del otro, un conocimiento que caduca si nadie lo pone al día.
- Cincuenta besos. Cincuenta besos seguidos en la cara, el cuello y las manos, sin parar y sin contarlos en voz alta.
- Cinco cualidades invisibles. Escribe cinco rasgos de su carácter que admiras, nada sobre el físico, y léeselos mirándole a los ojos.
- Dos minutos de silencio. Sentados frente a frente, con las manos unidas, os miráis sin hablar durante dos minutos. Ninguno aparta la mirada.
- La carta a mano. Escribe en papel de verdad el recuerdo de los dos que más veces te vuelve a la cabeza, y deja la carta debajo de su almohada.
- La primera cita, otra vez. Recrea en el salón la noche de vuestra primera cita: la música, las bebidas y lo que os dijisteis.
- El mensaje de enfrente. Mándale a tu pareja un mensaje largo por WhatsApp con todo lo que sientes, mientras la tienes justo enfrente.
- Un lento porque sí. Luces apagadas, una canción, y sacas a tu pareja a bailar agarrados en mitad del salón un martes por la noche, sin avisar.
- El poema de la manía. Cuatro versos improvisados sobre una manía suya que te enternece: su forma de fruncir el ceño, su manera de sujetar la taza.
- La foto publicada. Una foto de verdad de los dos, publicada con un pie de foto sincero y sin una pizca de ironía.
- El saludo secreto. Inventa un saludo complicado, con palmadas y deslizamientos, que acabe en un abrazo. Enséñaselo: será solo vuestro.
- La boda en cinco minutos. Imagina que os casáis dentro de cinco minutos, e improvisa el minuto de discurso que explique por qué volverías a hacerlo.
- La sesión de fotos. Cinco fotos de tu pareja hechas por casa, buscando su belleza antes que la foto perfecta.
- Tres gracias concretas. Nombra tres cosas que ha hecho esta semana y en las que nadie se ha fijado, y di por qué cuentan.
- La yincana de los recuerdos. Esconde tres papeles por la casa. Cada uno recuerda algo vivido en esa habitación, y el último lleva a un abrazo.
- El secreto guardado. Confiesa un pensamiento, un sueño o una pequeña cosa que le ocultas por timidez desde hace tiempo.
- Cinco canciones comentadas. Prepara una lista de cinco canciones que cuenten vuestra historia, y explica cada elección mientras las escucháis juntos.
- El retrato fallido. Cinco minutos dibujando su cara en un cuaderno. El resultado no tiene ninguna importancia: lo que cuenta es el tiempo que pasas mirándola.
- El alegato. Dos minutos de alegato de abogado, ante un tribunal imaginario, para demostrar que tu pareja es una persona excepcional.
- Las tres preguntas. Hazle tres preguntas abiertas, como cuál es su mayor miedo ahora mismo o qué sueño ha dejado aparcado, y escucha sin dar un solo consejo.
- Un minuto corazón con corazón. De pie, abrazados, con tu pecho contra el suyo, respiráis al mismo ritmo durante un minuto entero.
- El toque de queda digital. Móvil, tableta y ordenador guardados desde las ocho de la tarde hasta la mañana siguiente. Solo os queda la noche por delante.
- La hazaña contada. Cuenta en voz alta un éxito reciente de tu pareja, por pequeño que sea, con el vocabulario de una leyenda.
- La palabra en la muñeca. Escribe con un rotulador suave un corazón, una inicial o una palabra en la cara interna de su muñeca. Lo verá todo el día.
- Cinco minutos sin soluciones. Tu pareja se desahoga con todo lo que le fastidia. Tú no puedes ni proponer una solución, ni quitarle hierro, ni defender a la otra parte.
- Un día dentro de diez años. Con los ojos cerrados, descríbele un día perfecto que viviréis juntos dentro de diez años, con sus colores y sus olores.
Castigos sensuales, para acabar la noche de otra manera
El último nivel, el que se queda en el umbral. Aquí nada es explícito: estos castigos desplazan la atención del rendimiento a la curiosidad, que es justo lo que necesita una pareja cuando el deseo ha empezado a parecerse a una cita en la agenda. Si buscáis lo que viene después, está en los 91 castigos picantes y sexuales.
- La zona olvidada. Diez minutos de masaje con aceite en una zona que nunca se masajea: el cuero cabelludo, las palmas de las manos o los gemelos. Y después no viene nada más.
- Tres besos por adivinar. Tu pareja lleva los ojos vendados. Tú eliges tres lugares de su cuerpo donde dejar un beso largo, y tiene que nombrarlos uno a uno.
- El cubito por la espalda. Un cubito de hielo baja despacio desde su nuca hasta el final de la espalda, y lo sujetas hasta que se haya derretido del todo.
- El estriptis ridículo. Dos minutos de estriptis con una música absurda a propósito: la sintonía de unos dibujos animados, el hilo musical de un ascensor.
- Las manos a la espalda. Quítale una prenda, un calcetín o una camiseta ancha, usando solo los dientes y con las manos a la espalda.
- La ropa impuesta. Tu pareja rebusca en tu armario y elige la ropa que llevarás durante la próxima hora. No ves nada antes.
- El audio desde la otra habitación. Sal de la habitación y mándale un audio detallado describiendo lo que quieres que pase al final de la noche.
- Frente con frente. Un minuto frotándoos la punta de la nariz, con tu frente pegada a la suya y los ojos bien abiertos. El ataque de risa forma parte del castigo.
- La gota de miel. Una gota de miel o de sirope puesta en algún lugar de su cuerpo, que borras con la lengua sin dejar ni rastro.
- La lectura en voz alta. Elige un pasaje sugerente de un libro y léeselo con toda la entonación de la que seas capaz.
- La barra improvisada. El marco de una puerta o el palo de una escoba se convierte en una barra de pole dance, y le debes a tu pareja sesenta segundos de coreografía.
- Tres puntos señalados. Tu pareja nombra tres puntos concretos de su cuerpo, sexo aparte, en los que tendrás que dejar un beso de cinco segundos.
- Prohibido tocar. Le regalas a tu pareja un baile bien pegado, con una sola regla: no puede tocarte, ni una sola vez.
- La frase escrita con la lengua. Escribe con la lengua una frase corta en su omóplato o en su vientre, letra a letra. Tiene que descifrarla.
- La ducha con ropa. Te metes en la ducha con toda la ropa puesta, y te quedas bajo el agua el tiempo que decida tu pareja.
- El detalle confesado. Descríbele, con palabras precisas, el detalle de su cuerpo que más efecto te hace ahora mismo.
- La pluma y el pañuelo. Tres minutos recorriendo su cuerpo con una pluma, un pañuelo de seda o un pincel. Las zonas evidentes están prohibidas.
- Sí, no, quizá. Hazle tres propuestas para lo que queda de noche. Tiene que rechazar una, aceptar otra y dejar la tercera en el aire, sin excepción.
- La foto del cuarto de baño. Enciérrate en el cuarto de baño, hazte una foto muy sugerente y mándasela mientras te espera al lado.
- Modelo al natural. Adopta una pose en la cama, con más o menos ropa, mientras tu pareja hace como que te dibuja. Te mira durante un buen rato.
- La caricia a cámara lenta. Una sola caricia, por el brazo o por la espalda, alargada durante dos minutos completos. Ni un segundo menos.
- El ayuno del primer gesto. Durante dos horas no puedes iniciar el menor contacto. Solo te quedan los ojos y las palabras para que a tu pareja le entren ganas.
- El mordisco suave. Atrapa muy suavemente entre los dientes su clavícula, su muñeca o el lóbulo de su oreja, y deja ahí tu aliento.
- El susurro en público. En un restaurante o en la calle, acércate a su oído, susúrrale una promesa muy explícita y pon cara de póquer.
- Carta blanca. Tu pareja formula la petición que quiera, y tú la cumples. La palabra de seguridad y el derecho a pasar siguen estando por encima.
La trampa de la deuda
Un sistema de castigos tiene una manera muy suya de volverse contra una pareja: convierte el cariño en moneda. El día en que uno de los dos solo prepara la cena porque ha perdido, o solo dice algo bonito para saldar una cuenta, el juego ha sustituido a aquello que debía reactivar.
La regla es sencilla. El castigo sirve para provocar lo que ya no ocurre solo, nunca para excusar lo que ya no ocurre en absoluto. Si os dais cuenta de que el único detalle de la semana ha sido un castigo, parad el juego y haceos la pregunta de verdad: esa no se saca al azar.
Lo que de verdad cambian seis meses de juego
Arthur Aron mostró que las parejas que comparten con regularidad actividades nuevas escapan a la caída de dopamina que sigue a los primeros meses. No es una metáfora: su cerebro vuelve a reproducir, en pequeño, la química del principio. La novedad ni siquiera tiene que ser espectacular, solo tiene que ser imprevista, y eso es lo que un castigo sacado al azar garantiza por definición.
Solo hay que saber lo que el juego no hace. Consolida a una pareja en tiempos de paz para que aguante en tiempos de guerra. No arregla nada durante la guerra misma, y nuestros juegos tampoco pretenden hacerlo: ante una traición o un rencor instalado, un castigo suena a ligereza fuera de lugar, y agrava lo que quería aliviar.
Vuestras preguntas sobre los castigos divertidos
¿Qué nivel elegir según la noche?
Mirad lo cansado que está el otro antes de sacar un castigo. Uno del primer nivel pide energía: propuesto a alguien que vuelve de un día agotador, se vivirá como una tarea más. Esas noches, sacad mejor de los castigos de servicio, o quedaos con el minuto corazón con corazón. El buen castigo no es el más gracioso, es el que el otro puede recibir en ese momento concreto. En Nochevieja, en cambio, sacad del primer nivel sin dudarlo: es el que os mantendrá despiertos hasta las campanadas, y un gran comienzo para despedir el año los dos solos en casa.
Mi pareja no quiere jugar, ¿qué hago?
No fuerces, y empieza por lo más tonto. Alguien a quien la intimidad directa le incomoda dirá que no a «mírame a los ojos durante dos minutos» y que sí a «imita a un pingüino», cuando los dos producen el mismo acercamiento. Lo absurdo es un caballo de Troya: primero os reís, y os acercáis sin daros cuenta.
¿No hay riesgo de que el juego se convierta en una competición?
Puede pasar, si el desprecio ya estaba ahí. La señal que no engaña: el ganador empieza a elegir castigos que ajustan cuentas en lugar de hacer reír. A partir de ahí ya no es un juego, es un reproche disfrazado de regla, y más vale guardar el tarro.
¿Se puede usar un castigo para cortar una discusión?
Durante un roce sin importancia, sí, y es incluso una de las mejores herramientas que existen: un castigo ridículo corta la escalada en tres segundos. En un conflicto de fondo, no. El castigo parecerá una manera de no tomarse el asunto en serio, y se recibirá como desprecio.
¿Hace falta un juego para jugar a los castigos?
No. Cualquier excusa señala a un perdedor: una apuesta por el derbi del domingo, una partida de cartas, un piedra, papel o tijera al mejor de tres, o un test de pareja divertido que se juega por puntos, en el que cada respuesta fallada os acerca al castigo. Y si preferís que otro se ocupe del sorteo y de ir subiendo la intensidad, ese es exactamente el trabajo de los juegos de Oopsia.